En diciembre 2005, con la llegada de Navidad y Año Nuevo, escribí lo siguiente.
¡Navidad..., Año Nuevo!... Las luces iluminan los rincones más oscuros mientras la alegría va y viene como un boomerang por el aire... Pavo, avellanas y champagne... Un mundo que no da respiro para reflexionar. Y en medio de esa vorágine aparece la aplastante sencillez de la Navidad. Un Niño llega al mundo y no tiene posada donde nacer. Su palacio es un portal y su trono un pesebre. Sus súbditos son los pastores del lugar y unos Magos llegados de Oriente. Y allí, en la más extrema pobreza... ¡es Rey!
Mientras pienso en esa "Realeza" de la humildad descubro que ahí está la clave: derrochar amor a manos llenas. Ahí está la importancia de "ser" sobhre "tener". ¡Todos podemos ser reyes! Sólo hay que proponérselo.
Una solución: colgar en un imaginario árbol de Navidad propósitos... como acercarle comida a quien no la tiene, buscarle techo a quien no tiene donde cobijarse, escuchar aunque no interese lo que nos cuentan, rescatar a los que están ahogados por la droga y el alcohol, prestarle atención a la sonrisa de un niño, acompañar al anciano que está solo...
Es Navidad, época para rebelarse contra ese materialismo que no perdona y para soñar con un mundo más justo. Nada da mayor felicidad que el sentirnos útiles y saber que, más allá de los fuegos artificiales, lo que realmente brilla en la noche son lospequeños detalles de cariño. ¡Siempre hay alguien esperando nuestro abrigo!
Esto me recuerda una historia de Navidad que sucedió en Rusia en 1994. Dos extranjeros luego de contarles la historia del nacimiento del Niño Dios a unos cien niños y niñas, abandonados en un orfanato, les pidieron que con unos pequeños cartones reprodujeran cómo imaginaban el pesebre. Con leves diferencias todos lo interpretaron porigual, menos Misha, de unos 6 años. En su pesebre no había un niño sino dos.
Cuando se le preguntó a Misha porqué había dos niños, el pequeño narró la historia igual que los demás hasta que llegó a la parte en que María recuesta al Niño en el pesebre.
Allí Misha empezó a inventar su propio final. Dijo: "Y cuando María dejó al bebe en el pesebre, Jesús me miró y me preguntó si yo tenía un lugar para estar. Yo le dije que no tenía mamá ni papá y que no tenía un lugar para estar.
Entonces Jesús me dijo que yo podía estar allí con Él. Le dije que no podía porque no tenía un regalo para darle.
Pero yo quería quedarme con Jesús, por eso pensé qué cosa tenía que pudiese darle a Él como regalo... Y se me ocurrió que un buen regalo podría ser darle calor.
Por eso le pregunté a Jesús: Si te doy calor, ¿ese sería un buen regalo para tí?
Y Jesús me dijo: Si me das calor, ese sería el mejor regalo que jamás haya recibido.
Por eso me metí dentro del pesebre y Jesús me miró y me dijo que podía quedarme allí para siempre".
Cuentan que Misha terminó su historia con sus pequeños ojos llenos de lágrimas, apoyó su cabeza sobre la mesa y quedó envuelto en un llanto profundo... pero de felicidad. El pequeño huérfano había encontrado a alguien que jamás lo abandonaría. ¡Alguien estaría con él para siempre!
Por eso... ¡no son las cosas que tenemos lo que importa sino a quienes tenemos!
¡¡¡Feliz Navidad!!!... ¡y un mejor 2006!
India Tuero
Directora Editorial
Revista Doquier, diciembre 2005