Para quienes disfrutan conociendo lo íntimo de cada lugar y viviendo la naturaleza tal cual es, genuina..., imponente..., sabia..., hay pocos rincones más soñados que los que se descubren al internarse en el estado de Vermont. Ir de Boston a Montreal, en auto, es una experiencia única.
Y es que, cada año, esa naturaleza deja su marca, de distintas maneras, al cambiar las estaciones. Pero no hay ninguna más llamativa que la que se produce cuando llega el otoño en Vermont..., "el otoño más lindo del mundo".
Las leyendas nativas cuentan que, cada otoño, cazadores en el cielo matan al Gran oso, haciendo que el goteo de su sangre tiña las hojas en la tierra. A su vez, su carne asada se derrama desde la caldera celestial tiñendo algunas otras de amarillo.
La realidad es que, a mediados de septiembre, el verde follaje empieza a desaparecer, desenmascarando los amarillos y naranjas. Las hojas empiezan a caer, alborotando el suelo y creando una alfombra con todos los colores del arco iris.
Esto va a seguir así hasta que llegue el invierno con toda su crudeza y todo pasa a ser blanco. Cielo y tierra. "La nieve, dice Edward Hoagland, no deja lugar para pensar en las extravagancias de climas más benignos, como las bancarrotas, los divorcios y cuanto se les parezca". Y es así. Es todo tan cambiante que hay que sacarle el mayor jugo posible.
Después empiezan a amanecer los colores y el sonido de los charcos de lluvia, junto al canto de las ranas, delatan la llegada de la primavera. Y la vida familiar retoma su ritmo y explota con la llegada del verano. Vuelve el placer de la pesca, se recolectan mariposas, se elaboran dulces y se secan flores. Nadie se crea necesidades.
India Tuero