Grasse conserva, entre pétalos, su pasado de metrópoli de la fragancia junto a los atractivos de un villa provenzal.
Sólo hay que colocarse en alguno de los miradores de Grasse, desde los que se domina la cara interna de la Côte d’Azur, para entender por qué esta ciudad provinciana en sus orígenes se convirtió en el centro mismo del buen gusto. Campos ide olivares, vegetación abundante, flores que se cuelan entre las grietas de los muros medievales, cultivos de jazmines y de rosas que le dan a la atmósfera un aire de eterna primavera... La ciudad es el centro de un microclima que recibe a un tiempo las lejanas brisas del mar y el aire puro de las montañas. Grasse no eligió el perfume. El perfume lo inundó.
FRAGANCIAS. Desde que empieza el día, todo es dorado en Grasse. Los tonos anaranjados del amanecer, de los que se siente orgullosa la Provenza, se quedan en los miles de balcones de la ciudad, donde parece jugarse una competición por ver quién es el que reúne el mayor número de flores. De entre los barrotes escapan azucenas, campanillas y margaritas que, sobre todo en primavera, entrelazadas parecen guirnaldas.
Cualquier café de la Place aux Aire o de la Rue Jean Ossola es idóneo para desayunar en Grasse. Basta respetar una única consigna: situarse junto a la ventana o en plena terraza, allí donde llegan los aromas tanto de los cultivos florales y frutales que rodean la villa, como de la vegetación de sus jardines. La humedad de la tierra y del aire eternizan los aromas y los magnifican, por lo que los grassois recomiendan a los amantes de los perfumes buscar el amparo y la sombra de las fuentes.
Luego de estos consejos, se puede empezar a disfrutar del desayuno que está compuesto por café sólo, pan recién horneado y confitura de jazmines o de rosas. Las confiterías de Grasse están llenas de siropes florales, peladuras de frutas recubiertas de chocolate o de azúcar, y la tradicional fougassette, un bizcocho aromatizado con la flor del naranjo.
La antigua villa, cuyos orígenes se remontan al siglo XI, es recorrida por callejuelas coloridas que se retuercen y despistan, subidas y bajadas, detalles y descubrimientos que obligan a cada instante a cambiar el rumbo.
Un detalle a tener en cuenta es contemplar con detalle, en la catedral Notre-Dame du Puy, la austeridad elegante y peculiar que alcanzó el románico tardío en esta región de la Provenza. Junto a la catedral se halla también la construcción más antigua de la ciudad, la tour de l’Evêque (la torre del Obispo), erigida en el siglo XII. Tampoco se puede prescindir de las tres encantadoras plazas: la Place aux Herbes, la de la Poissonnerie (el lugar en el que se vendía el pescado) y la famosa Place aux Aires. En esta última trabajaban los curtidores sus pieles antes de enviarlas a los talleres de los perfumistas para que las impregnaran con las fragancias de moda. El olor de las pieles ha dado paso, hoy, al del mercado de flores. Alrededor de la maciza fuente, los vendedores miman sus flores, eligiendo las más lindas para hacer ramos que parecen cuadros. Aguas y pétalos, vapor y aromas, la fórmula básica de cualquier perfume cobra vida, aunque efímera, bajo el cielo veraniego de Grasse.
CAZADORES DE ESENCIAS. No resulta difícil entender, después de aspirar los aromas de la Place aux Aires rebosante de flores, que incontables perfumistas en el siglo XVIII, llegados de todos los rincones de Europa, dedicaran su vida entera a intentar capturarlos. Para conocer sus logros y sus fórmulas mágicas nada mejor que visitar el Museo de la Perfumería o la célebre perfumería Fragonard, fundada en 1926. En ambas exposiciones se explican las bases de las principales técnicas de extracción de aromas: la destilación y el enfleurage. Esta última —basada en poner en contacto las substancias aromáticas con una grasa especial (grasse en francés) que se apodera del aroma— fue durante décadas el secreto mejor guardado de la ciudad y el motivo de envidia de Paris.
Mientras los alquimistas se afanaban ante sus alambiques, los agricultores lo hacían con sus yunques para conseguir las plantas más aromáticas. Todavía en Grasse se pueden visitar estos campos que parecen un lienzo de Monet.
El perfume se impregna. Son incontables los lugares en donde puede vivirse esta experiencia aunque los habitantes de Grasse recomiendan el domaine de Manon, un campo de tres hectáreas situado en la cercana localidad de Plascassier.
También es una delicia pasear por el Jardin du Loup, donde se cultivan las frutas para las tradicionales confituras y que fue en el siglo pasado uno de los escondites predilectos de la aristocracia. En sus terrazas se puede degustar una menthe à l’eau (un sirope de menta).
No es extraña esta fascinación que la aristocracia y la alta burguesía del siglo XIX sintieron por la región de Grasse, a la que atribuían poderes terapéuticos. Toda la zona de Alpes-Maritimes está plagada de rincones donde la vida gira al ritmo de la naturaleza.
LA PÓCIMA. Grasse es un trampolín perfecto para sumergirse en una región considerada por los franceses “el paraíso” dentro de sus fronteras.
Dicen en Grasse que la Provenza tiene el poder de cambiar a la gente, que del nerviosismo de los recién llegados de las grandes ciudades queda poco después de una semana. El recuerdo de “la ville”, como ellos llaman a París o a cualquier gran capital, desaparece al mirar a los lejos los inacabables campos de pétalos.